Todos los escritores son, antes que nada, lectores empedernidos y muchos olemos los libros antes de empezar a leerlos, como algo instintivo, como si intentáramos buscar una pista sobre las emociones que nos esperan. Pero… ¿a qué huelen los libros?
Algunos huelen a entretenimiento. Son aquellos cuyas páginas nos arrastran hacia el siguiente capítulo, igual que una serie de Netflix.
Otros huelen a sorpresa, a aventura; nos sumergen en lugares lejanos y en tiempos remotos, donde cada página es un paso hacia lo desconocido. Nunca sabemos qué vamos a encontrar.
Otros libros nos enfrentan a nuestras emociones más profundas, aquellas que preferiríamos evitar. Son los que huelen a tristeza.
Y la mayoría huelen a sabiduría y, por tanto, a libertad, pues nos transmiten enseñanzas que pueden cambiar nuestra manera de ver el mundo.
Sin embargo, mis preferidos son los que huelen a esperanza, aquellos que nos ofrecen respuestas o, al menos, la posibilidad de encontrar algo que nos ayude a seguir adelante. Tal es el caso de La joven de las naranjas, de Jostein Gaarder, una novela para adolescentes en la que se entrelazan la ternura y la filosofía, que me hizo comprender el sentido de la vida en un momento difícil. Y, aún más importante, también ayudó a mi hijo a entender la muerte desde un punto de vista no religioso.
Nos brindó a ambos consuelo y una perspectiva distinta de la vida, basada en la belleza de la existencia y en la importancia de aprovechar el tiempo que tenemos. Su planteamiento parte de una premisa muy sencilla: si, antes de nacer, nos preguntaran si queremos venir a este mundo o no, sin saber cuánto tiempo vamos a estar aquí, ¿qué decisión tomaríamos? Pueden ser tres meses, veinte años, noventa… La joven de las naranjas es esa clase de libro que huele a la esencia misma de la vida, tanto a lo doloroso e impredecible como a lo hermoso.
Y, por supuesto, hay libros que huelen a alegría, a un humor fino y agudo que aligera nuestros corazones.
Por eso, animo a todos a que, la próxima vez que tengáis un libro entre las manos, no lo dudéis: acercadlo a vuestra nariz y oledlo. Seguro que encontráis matices diferentes a los que he expuesto. Y comprobaréis que ahí empieza la verdadera lectura, el verdadero placer. Oler un libro y acariciar sus tapas es alargar el momento de abrirlo, como cuando vemos una chocolatina y retrasamos el instante de quitarle el envoltorio. Es anticipar la aventura, el aprendizaje, el consuelo o la sorpresa.