El ser humano está hecho de carne y hueso, pero también de sueños. Y esos sueños encuentran su cauce en las historias. Desde los albores de la humanidad, antes incluso de que existiera la palabra escrita, nos hemos contado relatos para entender el mundo y, por extensión, a nosotros mismos.

Empezamos narrando historias alrededor del fuego, aunque cada época encontró su propia manera de difundirlas. En la Antigüedad, los rapsodas recitaban epopeyas como la Ilíada y la Odisea; los relatos se leían en papiros o cobraban vida sobre las tablas de un teatro. Durante la Edad Media, los juglares llevaron noticias y leyendas de pueblo en pueblo. Más tarde llegó el libro impreso y, hoy, las historias nos alcanzan desde las pantallas del cine o a través de plataformas como Netflix. Sea cual sea el medio, la humanidad siempre ha necesitado cuentos que nos curen el alma.

Resulta asombroso pensar que, desde tiempos inmemoriales, al mirar las estrellas ya intentábamos interpretar las señales del cielo y encontrar una explicación para cuanto nos rodeaba. Esa necesidad de narrar y escuchar nunca se ha perdido. Aunque el fuego de la cueva se haya transformado en la luz de una pantalla, seguimos buscando historias que nos enseñen, nos hagan soñar o nos curen un poco por dentro.

En mi caso, el amor por las historias comenzó cuando aún no sabía leer y los libros eran para mí un conjunto de hojas cubiertas de puntitos negros. Antes de dormir, mis padres me contaban Caperucita Roja, La sirenita y muchos otros cuentos de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen.

Cuando aprendí a leer, descubrí a Jo March, en Mujercitas; a Jane Eyre y a tantas otras protagonistas que me enseñaron a ser valiente, curiosa y soñadora. Lo habitual era verme siempre con un libro entre las manos. «Deja de leer novelitas y ponte a estudiar», me decían, sin saber que aquellas «novelitas» eran la mejor escuela de la vida.

Por eso, no dejéis de contar historias. En cada una de ellas hay un pedacito de humanidad que nos hermana, nos consuela y nos hace seguir soñando. Cada relato es un regalo que nos hacemos los unos a los otros.