Hablar de «literatura femenina» es entrar en un tema complejo y a menudo cuestionado. Por eso, antes que nada, convendría aclarar a qué nos referimos. ¿Es una literatura escrita únicamente por y para mujeres, o se trata de un enfoque temático, de una narrativa que refleja ciertas perspectivas y experiencias?
Creo que el término se utiliza en ambos sentidos; de ahí la confusión. Muchas veces, sin embargo, se asocia solo a autoras que escriben sobre experiencias de mujeres. El chick-lit contemporáneo sería un ejemplo de ello. Sus protagonistas suelen ser jóvenes urbanas que intentan equilibrar su vida profesional y amorosa. Aunque suele asociarse a la novela romántica, también aborda el crecimiento personal, la amistad o la exploración de la sexualidad. Pensemos en las novelas de Elísabet Benavent o en Cómo ser una mujer y no morir en el intento, de Carmen Rico-Godoy, por poner ejemplos en lengua española. Y, por supuesto, ¿quién no recuerda Sex and the City, de Candace Bushnell?
Incluso la expresión chick-lit despierta reservas. Para algunos, resulta sexista porque promueve ciertos estereotipos de feminidad y consumismo. La etiqueta, por tanto, también contribuye a avivar el debate.
La atención a las experiencias de las mujeres, sin embargo, viene de mucho antes. Las obras de las hermanas Brontë y las de Virginia Woolf ya reflejaban los valores, los conflictos y los roles asignados a las mujeres en otras épocas. Sus protagonistas luchaban contra las restricciones sociales; sus autoras cuestionaban los límites impuestos a la creatividad y a la independencia femenina.
Tampoco podemos olvidar que ha habido autores masculinos que han plasmado la realidad desde una perspectiva femenina. Un ejemplo es Flaubert y su Madame Bovary, una novela que retrata los sueños y las limitaciones de una mujer de su tiempo, así como los valores y las expectativas sociales de aquella época. Hoy también encontramos escritores como Nicholas Sparks, que profundiza en los sentimientos de sus personajes femeninos, o Khaled Hosseini, que se sumerge en las vidas de las mujeres afganas y en su lucha dentro de una realidad dura y difícil.
Deduzco, entonces, que la cuestión no es tanto quién escribe como la manera de abordar esas experiencias y los valores que se reflejan en cada obra.
Encasillar la literatura limita su alcance.
Hombres y mujeres podemos escribir y leer desde múltiples perspectivas. De hecho, conozco a hombres que han disfrutado tanto de Cumbres borrascosas como de El diario de Bridget Jones. Del mismo modo, conozco a mujeres, entre las que me incluyo, que se han entusiasmado con El día del chacal. Las etiquetas no tienen por qué convertirse en una barrera para el disfrute de la lectura.
Aun así, con el auge del chick-lit, la pregunta sigue en el aire: ¿tiene sentido hablar de una literatura femenina diferenciada o deberíamos considerar que todos los géneros literarios pertenecen a un territorio común donde caben todas las perspectivas?
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