El deseo humano de escapar del tiempo no es nada nuevo. Pueden cambiar las épocas y los personajes, pero ese anhelo persiste desde tiempos inmemoriales. Por eso, no creo equivocarme cuando digo que lo que antes fue la búsqueda incesante del Santo Grial hoy adopta la forma de avances científicos, promesas médicas y rituales estéticos. Y aunque, tal vez, ya no buscamos la inmortalidad del alma, aspiramos, de manera más modesta y quizá más desesperada, a que el paso de los años no se note.

En los relatos medievales, sobre todo en la literatura artúrica, la búsqueda del Santo Grial implicaba atravesar pruebas y aceptar límites, y no todos podían hallarlo porque no bastaba solo con desearlo. Se entendía la eternidad como una promesa, más bien una excepción que un derecho. Esta idea fue recurrente en la tradición literaria durante siglos, incluso cuando el mito se ha transformado o secularizado.

El deseo de vencer al tiempo aparece ya en uno de los textos fundacionales de la literatura: la Epopeya de Gilgamesh, donde se nos advierte de que la inmortalidad, cuando se roza, suele tener un coste. Aviso que se vuelve especialmente evidente en Fausto, cuyo personaje no persigue solo la juventud, sino también una vida sin límites. Fausto quiere experimentar todo, aplazar el final, pero el resultado no es la plenitud, sino una repetición de errores bajo nuevas circunstancias, lo que nos deja con la amarga conclusión de que la juventud recuperada no nos trae más sabiduría; al contrario, solo alarga la insatisfacción.

Algo parecido ocurre en El retrato de Dorian Gray, donde, aquí sí, el deseo se cumple de forma literal y el cuerpo permanece intacto mientras el deterioro se desplaza hacia otro lugar. Wilde introduce una idea inquietante y muy contemporánea: el problema no es envejecer, sino que el envejecimiento sea visible. Dorian no deja de corromperse, pero consigue que no se le note; ahora bien, esa juventud eterna, lejos de salvarlo, lo aísla.

Hoy, la ciencia ha logrado alargar la vida, algo que durante siglos perteneció al ámbito del mito. Por eso vivimos más años que nunca, aunque no siempre en las mejores condiciones, pues esa prolongación no equivale a juventud prolongada. Lo que se extiende es la vejez y todo lo que eso supone. A saber: pérdida de elasticidad, velocidad, resistencia, nitidez… En definitiva, hacerse consciente de los límites de nuestro propio cuerpo. Y es precisamente ahí donde se concentra buena parte de nuestra incomodidad en las sociedades actuales.

El culto al cuerpo, la obsesión por el aspecto joven y las soluciones estéticas no surgen así como así; son respuestas culturales a la contradicción de vivir más tiempo sin aceptar el deterioro que ello implica.

En este sentido, el bótox podría interpretarse como una versión moderna y desmitificada del Santo Grial, no solo como una frivolidad, porque, aunque no prometa eternidad, silencia durante un tiempo los signos visibles del paso de los años. Ya no buscamos castillos ni espadas, ni se nos exige una transformación moral. No nos conduce a una verdad ni a una revelación; por eso es un Grial posible, accesible, repetible en cualquier cabina de una clínica estética.

Quizá lo más significativo no sea el deseo de inmortalidad. Ya no aspiramos a vivir para siempre, solo a no parecer viejos, sustituyendo eternidad por apariencia y trascendencia por conservación.

El bótox no es el enemigo ni tampoco la solución: es el síntoma de una época que ha desplazado el miedo a la muerte al miedo a la visibilidad del tiempo.

Y aunque el recorrido del Santo Grial al bótox pueda resultarnos una degradación cultural o social, en el fondo se trata de lo mismo: seguimos deseando lo imposible, solo que ahora hemos aprendido a conformarnos con un sucedáneo.

No olvidemos, sin embargo, que la literatura lo ha sabido siempre: ninguna estrategia va a salvarnos del tiempo. Eso sí, la manera en que intentamos engañarlo dice mucho de quiénes somos.

Seguir leyendo el blog