Es un hecho que hay libros que simplemente no funcionan con nosotros, que no nos atrapan o no nos conmueven, o no nos provocan nada, ni rechazo. Simplemente… no. Y, sin embargo, seguimos adelante, leyendo por inercia, por culpa, por fidelidad mal entendida, como si abandonar la lectura de un libro fuera una traición, como si dejarlo a medias nos convirtiera en lectores indignos.

La industria editorial, la crítica y cierta idea romántica de la lectura nos han inculcado que los libros deben terminarse, que un lector serio es alguien que persevera. Pero ¿por qué? ¿Qué deuda moral contraemos al abrir la primera página? ¿Qué pacto sagrado nos impide cerrar el libro en la página 37, suspirar y decir «no es para mí»?

La literatura no es una promesa de placer continuo y el lector tampoco es un mártir.

A veces el abandono tiene que ver con el libro en sí: su estilo, su tono, su falta de ritmo o de alma. Otras veces tiene que ver con nosotros, con nuestro momento vital, nuestras urgencias emocionales, con lo que no estamos dispuestos a afrontar. Por supuesto, hay libros que exigen paciencia, pero también hay lectores que no están dispuestos, ni obligados, a darla. Y eso no convierte la lectura interrumpida en un fracaso: la convierte en una elección consciente, lúcida.

Abandonar un libro también es una forma de escucha. Significa aceptar que no siempre hay sintonía, que según qué obras requieren una edad, un humor o un tipo de soledad. Lo que no nos dice nada hoy puede estremecernos dentro de cinco años. Y ahí reside parte del misterio de la lectura: no se mide en términos de éxito o de rendimiento, sino de encuentro. Y los encuentros, como los vínculos humanos, no siempre funcionan.

Algunos lectores hacen listas de libros abandonados, otros los esconden como si fueran confesiones vergonzosas. Yo prefiero verlos como una pequeña biblioteca paralela, la de los libros interrumpidos, porque estoy segura de que algunos de ellos volverán a mis manos. Otros no. Y está bien así.

No todo debe cerrarse. No todo debe resolverse. También en la lectura hay que saber marcharse a tiempo para no apagar la curiosidad que da sentido a este acto.

Defender el derecho a dejar un libro a medias es defender la libertad lectora. La lectura, al igual que la escritura, es una forma de intimidad; por tanto, no se puede forzar, pues no se sostiene por la obligación, sino por el deseo. Y si ese deseo no existe, ¿por qué insistir? Tenemos muchos libros y muy poco tiempo.

Quizá lo que más necesitamos es aprender a leer mejor en lugar de leer más, y eso incluye saber cuándo cerrar un libro con gratitud por lo intentado y pasar al siguiente sin culpa. En el fondo, leer, como vivir, también consiste en elegir a qué historias decidimos entregarnos y cuándo es hora de dejarlas ir.

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