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Vientos olvidados

Capítulo 1

Hermenegildo · Cuba, 1848–1852

Sus ojos tuvieron que acostumbrarse de nuevo a la luz del sol. Poco a poco, sus pupilas fueron recobrando el tamaño habitual hasta adaptarse a la luminosidad que lo rodeaba y poder apreciar la belleza del nuevo entorno con nitidez pero, sin nubes en el cielo, el sol lo deslumbraba con su fuerte resplandor.

Con pasos indecisos, pretendía dejar atrás el puerto de La Habana, siempre trepidante por el trasiego de viajeros, estibadores y esclavos cargados de cajas de mercancías, la mayoría de contrabando, que subían o bajaban de las cubiertas de los cargueros.

Aturdido, se sentó sobre unos fardos arrinconados en un lateral del muelle, con el propósito de asimilar la infinidad de estímulos que ese nuevo mundo le ofrecía. Tras más de veinte días viajando en la bodega de un buque de carga, la amplitud del cielo, el colorido cambiante del mar, la multitud de navíos de diferentes dimensiones despertaron en él una curiosidad desconocida.

Hermenegildo observaba atónito a los marineros de barbas largas y aros en las orejas, escuchaba las sirenas de los barcos que anunciaban su partida hacia un largo y peligroso recorrido, y se dejaba embriagar por el intenso olor a salitre que envolvía todo el litoral.

A su alrededor, el ritmo frenético del puerto no le daba tregua. Frases incomprensibles en francés, inglés u holandés lo confundían aún más, hasta el punto de comenzar a arrepentirse de haber abandonado su pueblo natal.

Si bien no era la primera vez que salía de la comarca de Sanabria, sí la primera que se embarcaba en un viaje de tal envergadura, a través de un inmenso océano, para lanzarse a un desafío incierto. Con su padre había recorrido casi todos los pueblos de El Bierzo, eso era cierto, pero esas andanzas no eran comparables con la travesía que acababa de realizar.

Al contemplar las murallas de la ciudad, comprendió que debía seguir adelante si quería aprovechar la oportunidad que la vida le brindaba. Cargó su hatillo al hombro y con la mirada al frente se encaminó hacia allí, sin dejar de apretar el papel con las señas que llevaba en un bolsillo de la pelliza. El repique de las campanas de una iglesia le marcó el camino a seguir.

En el centro de la ciudad, La Habana le pareció demasiado ruidosa. A lo lejos aún escuchaba las sirenas de los barcos, que se entremezclaban con el trote de los caballos, y los gritos de los negros que vendían fruta por las calles. Oía la música de una guitarra por aquí y las trompetas de los soldados que hacían instrucción por allá. No estaba habituado a tanto ajetreo.

En más de una ocasión, tuvo que arrimarse contra la fachada de alguna casa para evitar ser arrollado por algunos carruajes que circulaban más deprisa de lo recomendable por aquellas angostas calzadas, la mayoría de ellas sin aceras.

Las casas, con tejados rojos, eran ligeramente diferentes unas de otras; pintadas de verde, amarillo o azul, se levantaban en torno a un jardín adornado con fuentes, naranjos y algún que otro árbol que no supo reconocer. Las puertas, siempre abiertas, le permitieron atisbar los fogones de las cocinas de carbón en el interior.

Un poco más adelante, se tropezó con un mercado callejero en el que negros con el torso desnudo, de piel brillante por el sudor, vendían carne cubierta de polvo.

Se deshizo de la pelliza, no la soportaba más.

La curiosidad lo condujo hasta aquel mercadillo caótico, fascinante, donde las aves se vendían vivas y el pescado se expendía en enormes cantidades. La abundancia reinaba por dondequiera que mirase.

Junto con las bananas, muchas y variadas frutas, como piñas, naranjas y tantas otras que ni siquiera conocía, le parecieron una fiesta de colores y sabores. Algunos transeúntes chupaban con deleite caña de azúcar, pero Hermenegildo todavía no sabía qué diablos era eso.

Evitó deambular por las calles adyacentes a la vía principal para no ser increpado por los mendigos y prostitutas que por allí merodeaban. Una mezcla de olores, a orines y a comida, a heces de perros, e incluso otros indefinibles, le desalentó a adentrarse por las callejuelas y le convenció para continuar transitando por el mercado.

Decidió mostrar la dirección que llevaba apuntada en un trozo de papel arrugado a un vendedor de fruta, aunque casi al instante se arrepintió de ello. La entonación melosa, la rapidez del discurso y aquellos vocablos que jamás había escuchado en boca de nadie, le hicieron dudar de que hablaran el mismo idioma. Finalmente, alguna que otra palabra cazada al azar, además de la grandilocuencia en la gesticulación de aquel buen hombre, le ayudaron a comprender que su destino se hallaba en el distrito contiguo.

Aceleró el paso, a pesar de no haber motivo para la prisa; tal vez fuera el miedo a lo desconocido, a la extrañeza del entorno, a lo ajeno, lo que le impelía a buscar refugio en casa de su tío.

¿Cómo sería el tío Raimundo?, ese del que con tanto afecto hablaba su padre. ¿Lo acogería con los brazos abiertos o solo sería un extraño para él? ¿Qué pasaría si no encajaba en sus planes? Suspiró. Solo el tiempo revelaría si su llegada a Cuba era el comienzo de una vida prometedora o el punto de partida de un futuro azaroso.

Amplios paseos y parques dominados por altas palmeras le dieron la bienvenida a un hermoso barrio que sorprendía a cualquier viajero recién llegado.

En esa parte de la ciudad abundaban los comercios: joyerías, un gran número de sastrerías, tiendas de abanicos, así como las más lujosas zapaterías y perfumerías regentadas por franceses, testimoniaban la opulencia de una ciudad en pleno auge.

Los pantalones de paño grueso y la camisa de franela, que vestía desde que salió de Vigo de Sanabria, se le antojaban ahora inapropiados; a cada paso que daba, el sol del Caribe le abrasaba la piel.

Procuró obviar las miradas de desprecio de algunos viandantes y las de recelo de los mancebos que portaban los paquetes de alguna dama hasta el coche, y se concentró en encontrar por sí mismo su destino: la calle Obispo.

Por fortuna, no tuvo que caminar demasiado hasta dar con la casa. Esos hombres tan elegantes, vestidos con traje blanco y sombrero panamá, lo intimidaban con sus descaradas miradas de reprobación.

En la calle Obispo, las casas mantenían el colorido típico de la ciudad aunque, en general, eran más grandes y de una extraordinaria belleza. Las enormes ventanas sin cristales, protegidas con barrotes de hierro forjado, llamaron su atención.

La fachada principal de la casa de su tío era enorme, con una pesada puerta de madera maciza que parecía haber sido construida como defensa contra ataques exteriores. La golpeó con el aldabón de hierro y permaneció a la espera.

Una mulata de mediana edad, alta y fornida, no tardó en abrirle. El mandil, de un blanco impecable, resaltaba sobre un vestido negro, tan diferente al de otras mujeres con las que se había cruzado a lo largo de la mañana y que tanto le habían cautivado por sus ropajes floreados y sus turbantes de vivos colores.

—¿Qué se le ofrece?

—Busco a Raimundo Vera.

—¿Y quién le busca?

—Hermenegildo Vera, su sobrino.

La mujer suavizó un poco las facciones mientras escudriñaba el aspecto desaliñado del joven, al que invitó a entrar de inmediato.

En medio de un espacioso comedor, situado justo después de la puerta de entrada, atendió obediente la orden de espera de la que él ya consideraba una gobernanta. Agradeció el silencio de la estancia: un oasis de paz que calmaba los sentidos alterados por el alboroto de las calles.

Reparó en que, para acceder a cualquier parte de la casa, era preciso atravesar siempre el comedor. A la derecha, un salón con sillones de cuero y un par de espejos como única decoración. No había alfombras, solo un par de esterillas. Y mármol, mucho mármol blanco. A su lado, una estrecha repisa sostenía una bandeja de plata llena de ascuas para encender los habanos con los que agasajar a los invitados.

—El señor no podrá recibirle hasta la hora de la cena. Sígame, por favor.

Cruzó con lentitud el comedor, siguiendo a la corpulenta mujer hasta un patio interior donde la luz natural, el sonido del agua de una fuente y el verdor de plantas exóticas conformaban un auténtico vergel. En torno al patio se organizaba el resto de la vivienda, bajo una galería de arcadas que daba acceso a otras estancias.

—Me llamo Luisa, señor —se presentó cuando se detuvo ante una puerta—. Encima de la cama tiene una muda limpia. En la habitación de al lado le están preparando el baño que, creo, agradecerá. También le serviremos algo de fruta para que pueda reponerse del viaje. Si precisa de cualquier otra cosa, no dude en hacérnoslo saber.

—Gracias, señora.

Hermenegildo no daba crédito al trato que le dispensaba la criada. Se sentía tan fuera de lugar que la percepción de estar muy lejos de casa se acrecentaba.

—Me llamo Luisa.

—Gracias, Luisa —se corrigió.

—Me permito recordarle que don Raimundo lo atenderá a las ocho en punto en el comedor.

Vestido con un holgado pantalón de lino y una fresca guayabera, cruzó el patio central en dirección al comedor, tal y como le había indicado Luisa unas horas antes. Los nervios, siempre traicioneros, se iban apoderando de él a cada paso que daba.

Un hombrecillo esperaba sentado en el extremo de una larga mesa, con la cabeza gacha y la mirada fija en las manos entrelazadas, cuyos pulgares giraban uno sobre el otro de manera compulsiva. Solo el sonido de unos pasos tímidos lo apartaron de sus cavilaciones.

Hermenegildo vaciló por un momento. No sabía si abrazarlo como correspondería a un familiar cercano o saludarlo con el respeto y la distancia que se suele guardar con un desconocido. Ante la torpeza del sobrino, el tío Raimundo señaló con el índice la silla de su derecha.

—Siéntate, muchacho.

Seguía sin saber muy bien cómo comportarse y optó por dejar que el viejo tomara la iniciativa.

—¿Cómo anda tu padre?

—Bien, tío.

El tío Raimundo se revolvió en la silla. No pareció agradarle una respuesta tan escueta.

—¿Vienes desde la otra parte del mundo para contestar esa bobada?

Hermenegildo ocultó su incomodidad tras una sonrisa. No esperaba encontrarse con un tierno anciano, pero tampoco con la rudeza de un hombre decrépito y acabado. La voz ronca de su tío, el menosprecio con el que se dirigía a él y el gesto adusto con el que acompañó su intervención le resultaban innecesarios.

No quiso exponerse con palabras hirientes que acabaran descarrilando del todo la conversación, que crearan una brecha irreparable entre ambos por eso, durante unos instantes, el silencio se convirtió en su tabla de salvación.

—¿Y usted cómo está, tío? —preguntó al fin.

—¿Cómo crees que estoy? ¿No me ves? Enfermo y cansado. Y sin tiempo para tonterías.

Hermenegildo volvió a enmudecer. No se atrevía ni a respirar. Temía que, al menor movimiento, su tío estallara de nuevo con una animosidad sin sentido. Cuando parecía que ese duelo silente se alargaba más de lo necesario, la voz del viejo se dejó oír con total claridad.

—En otra vida, que ya casi ni recuerdo —continuó Raimundo en tono conciliador—, tu padre y yo cuidábamos el uno del otro y no había mozo que pudiera con nosotros ni moza que se nos resistiera. Lo pasábamos bien, a pesar de lo poco que teníamos. Es la única persona a la que he añorado durante estos años.

La nostalgia logró templar el tono de voz del tío Raimundo. Sus gestos y su mirada transmitían una tristeza que no se molestaba en ocultar; sufría de verdad al perderse entre recuerdos, aunque la pena le confería cierto atractivo. Se apiadó de él al comprobar que no era el poderoso hacendado que había imaginado, sino un pariente sumido en la desgracia.

—Dejé a mi padre con buena salud —se arriesgó al fin—. A pesar de su edad, aún trabaja el campo y el frío de Sanabria no ha hecho mella en sus huesos.

Le pareció que los ojos del viejo sonreían, lo que le animó a continuar.

—No sé si sabe que amplió la casa de los abuelos. Ahora las cosas se pusieron más difíciles en España pero, años atrás, las buenas cosechas le permitieron hacer negocios, vendiendo lo que podía de pueblo en pueblo.

No se le ocurría qué más añadir. Respiró aliviado cuando dos jóvenes mulatas irrumpieron para servirles la cena, siempre bajo la concienzuda supervisión de Luisa.

—¿Tienes familia, verdad, hijo?

—Sí. Mi mujer, Ángela, y yo tuvimos un hijo. Alfonso, de doce años ya. Nos gustaría que el chico hiciera carrera y, quizá, con mi trabajo aquí podamos costeársela. ¿Usted no cena, tío?

Raimundo negó con la cabeza.

—¿No habéis tenido más hijos?

—Esa era la idea, tío. Nos hubiera gustado, pero Ángela tuvo un parto difícil y ya no nos fue posible. De todas formas, tal y como están las cosas, traer hijos al mundo sin ton ni son me parece más una imprudencia que un regalo de Dios.

El tío Raimundo se atrevió a sonreír. Parecía que las palabras del sobrino disipaban su amargura.

—Cuéntame, ¿qué se cuece por el pueblo?, ¿aún vive el padre Octavio?

—Murió hace años. Ahora es el padre Amancio quien ocupa su puesto. Un buen hombre que ayuda a todos en lo que puede. Y no solo en lo espiritual, se implica de verdad. El que me dio muchos recuerdos para usted fue el tío José, el de Carrera Grixa. Aún vive y se acuerda mucho de usted, de cuando eran mozos.

Entre bocado y bocado, Hermenegildo le fue explicando, unas veces con más tino que otras, todo aquello que se le pasaba por la mente: que si fulanito aún vivía, que si la tía Ramona había conseguido casar a aquella hija tan rebelde que tenía, que si aún conservaban las eras de Llombo El Campo... Insignificantes detalles, anécdotas sin relevancia que a Raimundo le hicieron recuperar el entusiasmo de manera fugaz. Rememoraba paisajes que creía haber olvidado: el lago, la laguna de los peces o el puente de piedra que cruzaba el río de su pueblo. Se interesó por algún vecino o algún amigo que formó parte de una vida que ya no le pertenecía, como si los recuerdos de otro aflorasen de improviso a través de él, y se sintió un vulgar ladronzuelo que se apoderaba de unas vivencias baldías, inútiles, sin importancia para nadie que no fuera él mismo, un viejo enfermo y sin futuro.

El tío Raimundo había desembarcado en La Habana veinticinco años atrás, con nada más que lo puesto y un anhelo vehemente de prosperar en una sociedad en la que la riqueza se palpaba por doquier, mientras España se derrumbaba bajo el poder absolutista de Fernando VII.

En cuanto puso un pie en la isla, y durante más de tres años, trabajó a destajo en una fábrica de torcido de tabaco por una mísera compensación económica. La ambición y la audacia del que sabe que no tiene nada que perder le ayudaron en un tortuoso camino hacia el éxito, gracias al entusiasmo de la juventud y un vívido interés por aprender.

El día que aceptó trabajar para una familia de españoles criollos en una modesta plantación azucarera, su suerte cambió para siempre.

En pocos meses, logró ganarse la confianza del propietario y ser nombrado mayoral de la hacienda. Trabajó duro, aprendió todo lo relacionado con la producción y comercialización del azúcar y, sobre todo, cayó rendido ante Esperancita, la única hija del matrimonio criollo que, sin herederos varones, bendijo con regocijo el amor entre los dos jóvenes.

El carácter apacible de Esperanza contribuía a paliar el desasosiego que a veces le suponía a Raimundo gestionar la hacienda y, con el tiempo, la pareja encontró la fortaleza necesaria para vencer las dificultades que la vida iba poniendo en el camino.

Tras la muerte del suegro, se consagró como un hacendado más de la zona de Matanzas. Pronto, la tenacidad en el trabajo dio sus frutos y, así, se convirtió en uno de los primeros propietarios de la región en obtener azúcar en mucho menos tiempo, a raíz de la instalación de un molino.

Sin embargo, los hijos no llegaron nunca.

Los primeros años no perdieron la ilusión pero, a medida que el tiempo transcurría, Esperanza se sumió en un estado de tristeza que Raimundo solo acertó manejar con silencios. Silencios compartidos que, con el paso de los años, les ayudaron a aceptar la situación.

Una mañana, Esperanza se levantó con una tos seca, persistente, hasta que llegó el día en que los escalofríos la obligaron a permanecer postrada en la cama. Los esfuerzos de un reputado médico de La Habana fueron del todo inútiles.

La tuberculosis pudo con ella finalmente.

A Raimundo, la vejez le sobrevino de la noche a la mañana; perdió pelo y ganó arrugas de un día para otro, y la hinchazón de los ojos, apenas perceptibles por unos párpados caídos, le acompañaría el resto de sus días.

La hacienda funcionaba por inercia gracias al empeño de Jesús, el mayoral. Un joven infatigable que nunca faltó a la cita semanal con el patrón, a pesar de que este hacía tiempo que había decidido apartarse del mundo.

Los cólicos con los que había convivido desde la infancia se acentuaron después de la muerte de Esperanza. Los dolores abdominales, las fuertes diarreas y los sangrados acabaron por confinarlo en una habitación, sin salud ni ganas para seguir bregando.

Solo Esperanza fue conocedora de las dolencias de su marido, al que cuidaba con devoción cada vez que un brote amenazaba con incapacitarlo por una temporada. Luego, retomaba el trabajo como si nada hubiera padecido, hasta que los dolores aparecían con más virulencia.

El tío Raimundo sentía la proximidad de la muerte. La mayoría de los días no mostraba interés por nada, ya no se relacionaba con nadie y sus periodos de vigilia tendían a ser más breves. Agradecía que Jesús, en la plantación, y Luisa, en la casa de La Habana, se ocuparan de todo con diligencia, pues intuía que el momento del relevo había llegado.

Para él, esa maldita enfermedad, que nunca le fue diagnosticada, era algo ajeno a su cuerpo, un ente con el que se había visto forzado a convivir desde niño porque así le había tocado, como podía haberle tocado a cualquier otro, y esa disociación entre su propio ser y la enfermedad le ayudaba a no rendirse, a luchar contra ella. Así es cómo había resistido hasta entonces, hasta el momento de la batalla final, en la que él sería el perdedor porque así lo había decidido. Porque la enfermedad no ganaría ese combate. Era él quien estaba dispuesto a rendirse.

Pensó en el hijo mayor de Celestino, su querido hermano, al que no había olvidado por mucho océano que se interpusiera entre ellos. El joven era su última esperanza para dar continuidad al trabajo de toda una vida y poder dejarse ir en paz.

Una convulsión en la boca del estómago le obligó a retorcerse en la silla. Se apresuró a zanjar la conversación por temor a que su debilidad fuera más evidente y perder la dignidad. No le quedaba mucho tiempo, lo intuía. De ahí que le urgiera conocer el verdadero talante de su sobrino, saber si poseía la fortaleza de carácter imprescindible para soportar la soledad que comportaba vivir lejos de la patria y el arrojo suficiente para el trabajo duro.

Hermenegildo era la última oportunidad que le quedaba si quería dar sentido a su propia vida.

—Bueno, bueno... Entonces, ¿tú, a qué viniste hasta aquí, muchacho?

—A trabajar, tío, en lo que usted mande.

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